Iglesias trabajando contra el cambio climático: Cuatro estudios de caso

[Articulos Individuales de la edicion de Intersecciones de Verano de 2017 se publicaran en este blog cada semana. La edicion completa puede ser encontrada en MCC’s website.]

Desde su fundación, hace una década, la Red Menonita de Cuidado de la Creación [Mennonite Creation Care Network] ha llamado a congregaciones de la Iglesia Menonita de Estados Unidos (MC USA.) y de la Iglesia Menonita de Canadá a responder a las crisis ambientales con reflexión, arrepentimiento y acción. Aunque la Red no ha centrado sus esfuerzos específicamente en el cambio climático, algunas de sus congregaciones han adoptado el tema. En los últimos diez años, las congregaciones menonitas han instalado paneles solares, han motivado a sus miembros a reducir el consumo personal de carbono, han hecho que los ecosistemas locales sean más resistentes y han participado en la acción política. Este artículo investiga los factores que motivan a algunas congregaciones a actuar, mientras que muchos en Canadá y Estados Unidos todavía ignoran las tasas de carbono que aumentan sin medida. Entrevisté a representantes (incluyendo pastores, líderes laicos y otros miembros de la congregación) de cuatro congregaciones que respondieron activamente al cambio climático para averiguar qué acciones comunes emprendieron y qué motivó y sostuvo esas iniciativas.

Todas las iglesias en este estudio son mayoritariamente blancas y universitarias, ubicadas en pueblos o ciudades con una universidad. Aparte de esas similitudes, sus contextos son muy diferentes. La Iglesia Menonita Shalom de Tucson se cocina en el Desierto Sonorense, mientras que, en la Primera Iglesia Menonita en Edmonton, Alberta, la gente bromea de que el calentamiento global es una buena cosa. La Iglesia Menonita en Huntington está ubicada en Newport News, Virginia, una de las comunidades de los Estados Unidos más vulnerables al aumento del nivel del mar. La Iglesia Menonita de Park View en Harrisonburg, Virginia, se encuentra en el Valle de Shenandoah y se nutre de las ideas y actividades de la Universidad Menonita del Este (EMU por sus siglas en inglés).

Las congregaciones de Park View y Huntington han enfocado sus esfuerzos ambientales específicamente en el cambio climático. Ambas iglesias tienen como objetivo ser completamente independientes de los combustibles fósiles en el futuro y están abordando el tema sistemáticamente. En la Primera Iglesia Menonita y en Shalom, los esfuerzos han incluido debates sobre el cambio climático, pero se han centrado más ampliamente. Entre las actividades climáticas más notables están un grupo de huella ecológica en la Primera Iglesia Menonita y medidas de conservación de agua en Shalom como respuesta al aumento de la sequía.

Cada una de las congregaciones entrevistadas comparte tres características que apoyaron la acción del cambio climático para el futuro. Primero, cada iglesia se ha beneficiado del liderazgo de pastores con un interés a largo plazo en el cuidado de la creación en asociación con uno o más líderes laicos con experiencia profesional relevante. En la primera Iglesia Menonita, el asocio implicó a un pastor con experiencia extensa en campamentos y a un sociólogo ambiental. En Huntington un científico de la NASA cuyo trabajo incluye el modelado del clima se asoció con un pastor que “entendía el cambio climático desde una perspectiva teológica”. En Harrisonburg, el pastor que compartió “El cuidado de la creación ha sido un interés mío desde que recuerdo” trabajó con un profesor de negocios que investiga la sostenibilidad. La pastora de Shalom trajo diez años de experiencia como directora de Equipos Cristianos de Acción por la Paz a su rol como pastora. “Fue un trabajo que el ECAP hizo al asociarse con las Primeras Naciones que me hizo entender cómo el cuidado de la tierra y el cuidado de los derechos humanos son realmente la misma cosa”, comentó. Los líderes laicos de esta iglesia incluyen un especialista en manejo de cuencas y varios científicos que contribuyeron al nivel de comodidad de la congregación con la ciencia del cambio climático. Mientras que las personas encuestadas se apresuraron a afirmar que sus logros eran esfuerzos de toda la congregación, estos equipos fueron bendecidos con un liderazgo pastoral y laico competente.

Segundo, cada una de las congregaciones mostró habilidad para integrar conceptos de fe profundamente arraigados con temas contemporáneos. Un líder laico de la Primera Iglesia Menonita comentó sobre la importancia de Dios como Creador para su propia conversión al cristianismo y su trabajo continuo con el cambio climático. Un miembro de la congregación de Shalom aplicó el lenguaje de mayordomía al proyecto de aguas pluviales de la congregación, y reflexionando dijo: “Creo que Dios nos llama a usar la ciencia como una herramienta, a usar la religión como una herramienta y juntarlas de alguna manera para que reflejen la realidad, no lo que es conveniente para mí”. La política de reparaciones de cambio climático de Park View, por su parte, muestra el “compromiso de la congregación de reflejar el amor y cuidado de Dios por la creación y el amor y cuidado de Dios por las personas vulnerables y pobres del mundo”. En Huntington se destacó la relación de Jesús con la creación como modelo para la acción de la iglesia hoy. Las personas encuestadas expresaron estas convicciones en un lenguaje de fe accesible a otras iglesias.

En tercer lugar, las personas encuestadas de cada congregación reconocieron el cambio climático como una amenaza para ellas mismas o para la gente con quienes sentían una conexión. Para los residentes de Huntington que viven cerca de la costa, el aumento del nivel del mar es una preocupación local. Los miembros de Shalom describieron la sequía que experimentaron, y las formas en que el cambio climático contribuyó a la difícil situación de los inmigrantes apoyados por la congregación. Estudiantes internacionales de la Universidad Menonita del Este y las experiencias en el extranjero de los miembros de Park View conectaron la iglesia con zonas vulnerables al cambio climático. Para la Primera Iglesia Menonita, el tema se hizo prominente de una manera diferente. Uno de los encuestados explicó:

En Alberta, se habla mucho del petróleo y gas como la base de la economía. Eso plantea la cuestión de lo que vamos a hacer con nuestras emisiones de carbono. Pero las personas dentro y fuera de nuestra iglesia dependen de la extracción de recursos. Eso enmarca la conversación e impacta cómo miramos las cosas. Sabemos que los medios de vida de las personas son parte de esto.

De una forma u otra, el cambio climático tocó directamente a cada una de estas
congregaciones, propulsándolas hacia la acción climática.

Los hallazgos de este estudio ofrecen estímulo para las personas de fe que esperan que la iglesia ponga su peso moral detrás de los esfuerzos del cambio climático. Primero, mucha gente está lista para enfrentar el cambio climático. Una encuesta creada por el Centro de Soluciones Climáticas Sostenibles, un programa recientemente lanzado en la Universidad Menonita del Este en colaboración con el CCM y Goshen College, analizó las respuestas al cambio climático en la comunidad menonita. Casi dos tercios de las personas encuestadas de la MC USA dijeron que estaban alarmadas o preocupadas por el cambio climático. Este hallazgo sugiere que la mayoría de los miembros de la MC USA está lista para enfrentar los problemas del cambio climático si se le proporciona un buen liderazgo.

En segundo lugar, la comunicación eficaz contribuye en gran medida a mejorar el apoyo a la acción contra el cambio climático. Ninguna de las cuatro congregaciones informó de conflictos relacionados con sus iniciativas de cambio climático, posiblemente porque sus líderes son buenos comunicadores. Los líderes usaron una variedad de maneras de comunicarse con la congregación acerca de las iniciativas para mantenerlas en primer plano. Estas incluyen anuncios, tiempo de la niñez, sermones y proyectos que requieren mano de obra de muchas personas voluntarias. Además, a pesar de los niveles avanzados de educación, los líderes explicaron las razones teológicas para su trabajo en el cambio climático en un lenguaje accesible.

Finalmente, este estudio subraya la importancia del desarrollo del liderazgo. Tanto las futuras personas dedicadas al pastorado como los potenciales profesionales del medio ambiente ahora tienen la oportunidad de aprender en entornos basados en la fe donde el cuidado de la creación es una prioridad. Anabaptist Mennonite Biblical Seminary (AMBS por sus siglas en inglés) expresa su deseo de trabajar en el cambio climático a través de su membresía en la Seminary Stewardship Alliance, a través de iniciativas curriculares y de la extracción de energía de una gran instalación solar. Abundan las oportunidades de pregrado, como las tres carreras sobre sostenibilidad que Goshen College lanzó este año: estos estudios tienen el potencial de desarrollar más líderes para el cuidado de la creación como los representados en este estudio.

Para la Red Menonita de Cuidado de la Creación, el hallazgo más destacable de este estudio congregacional es la conclusión de que los esfuerzos para movilizar a las congregaciones a la acción del cambio climático deberían enfocarse más deliberadamente en las personas que ejercen la pastoral y su rol como lideresas y líderes morales y eco-teólogas/os dentro de las congregaciones. En segundo lugar, la investigación anterior afirma el enfoque de base amplia de la Red que anima a las
congregaciones a trabajar en el cuidado de la creación en formas relevantes para sus propios contextos. Si la gente está motivada por las amenazas que les involucran personalmente, la pregunta más eficaz para una congregación preguntarse no
es “¿cómo podemos combatir el cambio climático?”, sino más bien, “¿cuáles preocupaciones ambientales nos amenazan?”. Una acción extrema contra la contaminación del aire traerá consigo beneficios al cambio climático, incluso si la motivación es asma en la infancia y no un deseo más abstracto de reducir el carbono. Las fincas saludables pueden reducir el carbono sin importar si la persona agricultora teme el cambio climático o la erosión del suelo. Al enfocarse en involucrar a las
pastoras y pastores en el cuidado de la creación y alentar a las congregaciones a encontrar motivación personal para trabajar en asuntos ambientales, la Red Menonita de Cuidado de la Creación y otras organizaciones basadas en la fe pueden ayudar a
desarrollar las características dentro de las congregaciones que conducen al cambio climático.

Jennifer Halteman Schrock es líder de la Red Menonita de Cuidado de la Creación y gerente de comunicaciones en el Centro de Aprendizaje Ambiental Merry Lea del Goshen College.

Aprende más

Mennonite Creation Care Network. Available at http://www.mennocreationcare.org/

Park View Mennonite Church. “Creation Care Council.” Available at http://www.pvmchurch.org/about-the-creation-care-council.html.

Park View Mennonite Church. “Approach to Climate Emissions.” (September 2015). Available at https://docs.google.com/document/d/15rfBnElI3u2WWIavHOo_V-sVN8QBR3adAAnvprnbVxs/edit.

Mennonite Creation Care Network. “Virginia Church Pays Climate Change Reparations” (April 2017). Available at http://www.mennocreationcare.org/virginia-church-pays-climate-change-reparations/.

Mennonite Creation Care Network. “Net Zero Energy Grants” (n.d.) Available at http://www.mennocreationcare.org/green-energy-grants/.

Stella, Rachel. “Virginians Put a Charge into Creation Care.” Mennonite World Review (August 2016). Available at http://mennoworld.org/2016/08/29/news/virginians-put-a-charge-into-creation-care/.

 Anabaptist Mennonite Biblical Seminary. “Creation Care Efforts at AMBS.” Available at http://www.ambs.edu/about/creation-care.

Center for Sustainable Climate Solutions. Available at https://www.sustainableclimatesolutions.org/.

Yale Program on Climate Change Communication. “Global Warming’s Six Americas.” (2008). Available at
http://climatecommunication.yale.edu/about/projects/global-warmings-six-americas/.

Churches working against climate change: four case studies

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[Individual articles from the Summer 2017 issue of Intersections will be posted on this blog each week. The full issue can be found on MCC’s website.]

Since its inception a decade ago, Mennonite Creation Care Network has called congregations in Mennonite Church USA (MC USA) and Mennonite Church Canada to respond to environmental crises with reflection, repentance and action. While the Network has not focused its efforts specifically on climate change, some of its congregations have embraced the issue. Over the past ten years, Mennonite congregations have installed solar panels, challenged their members to reduce personal carbon consumption, made local ecosystems more resilient and engaged in political action. This article investigates the factors that motivate some congregations to act while many in Canada and the U.S. still ignore the carbon counts that tick steadily upward. I interviewed representatives (including pastors, lay leaders and other congregational members) from four congregations actively responding to climate change to find out what common actions they undertook and what motivated and sustained those initiatives.

All of the churches in this study were majority white and college-educated, located in towns or cities with a university. Apart from those similarities, their contexts were quite different. Tucson’s Shalom Mennonite Fellowship bakes in the Sonoran Desert, while at First Mennonite Church in Edmonton, Alberta, people joke that global warming is a good thing. Huntington Mennonite Church is located in Newport News, Virginia—one of the communities in the U.S. most vulnerable to sea level rise. Park View Mennonite Church in Harrisonburg, Virginia, nestles in the Shenandoah Valley and draws strength from ideas and activities at Eastern Mennonite University (EMU).

The Park View and Huntington congregations have focused their environmental efforts specifically on climate change. Both churches aim to become completely independent of fossil fuels in the future and are approaching the issue systematically. At First Mennonite and Shalom, efforts have included climate change discussions, but have been focused more broadly. Most notable climate-related activities included an eco-footprint group at First Mennonite and water conservation measures at Shalom in response to increasing drought.

Each of the congregations interviewed share three characteristics that supported climate change action. First, each church has benefited from the leadership of a pastor with a long-term interest in creation care paired with one or more lay leaders with relevant professional expertise. At First Mennonite, the pairing involved a pastor with extensive experience in camp settings and an environmental sociologist. At Huntington, a NASA scientist whose job includes climate modeling teamed up with a pastor who “understood climate change from a theological perspective.” At Harrisonburg, a pastor who shared that “Creation care has been an interest of mine as long as I can remember” worked with a business professor who researches sustainability. Shalom’s pastor brought ten years of experience as the director of Christian Peacemaker Teams to her role. “It was work that CPT does in partnering with First Nations that made me understand how care of the earth and care of human rights are really the same thing,” she reported. Lay leaders at this church include a specialist in watershed management and several scientists who contributed to the congregation’s level of comfort with climate change science. While respondents were quick to state that their accomplishments were congregation-wide efforts, these teams were blessed with skilled pastoral and lay leadership.

Second, each of the congregations displayed an ability to integrate deeply held faith concepts with contemporary issues. A lay leader at First Mennonite told about the significance of God as Creator to his own conversion to Christianity and his ongoing work with climate change. A Shalom congregation member applied the language of stewardship to the congregation’s stormwater project, reflecting, “I believe God calls us to use science as a tool, to use religion as a tool and to put them together in some way that reflects reality, not what’s convenient for me.” Park View’s climate change reparations policy, meanwhile, reflects the congregation’s commitment to mirror God’s love and care for creation and God’s love and care for the vulnerable and poor of the world.” The Huntington survey respondent highlighted Jesus’ relationship with creation as a model for the church’s action today. Respondents expressed these convictions in a faith language accessible to other churches.

Third, respondents from each of the congregations recognized climate change as a threat to themselves or to people to whom they felt a connection. For Huntington residents living near the coast, rising sea levels are local issues. Shalom members described the drought they lived with and the ways climate change played into the plight of immigrants supported by the congregation. International students from EMU and the overseas experiences of Park View members connected the church to areas vulnerable to climate change. For First Mennonite, the issue was prominent in a different way. One respondent explained:

In Alberta, there’s lots of talk about the oil and gas basis for the economy. That raises the question of what we’re going to do about our carbon emissions. But people both inside and outside of our church rely on resource extraction. It frames the conversation and impacts how we look at things. We realize people’s livelihoods are part of this.

One way or another, climate change touched each of these congregations directly, propelling them towards climate action.

Findings from this study offer encouragement for people of faith hoping the church will put its moral weight behind climate change efforts. First, many people are ready to confront climate change. A survey created by the Center for Sustainable Climate Solutions, a program recently launched at EMU in collaboration with MCC and Goshen College, gauged responses to climate change within the Mennonite community. Almost two-thirds of MC USA respondents said they were alarmed by or concerned about climate change. This finding suggests that the majority of MC USA members are ready to engage climate change issues if provided with good leadership.

Second, effective communication goes a long way in enhancing support for climate change action. None of the four congregations reported conflict related to their climate change initiatives, possibly because their leaders were good communicators. Leaders used a variety of ways to communicate about initiatives and keep them on the front burner. These included announcements, children’s time, sermons and projects requiring hands-on labor from many volunteers. Furthermore, despite advanced levels of education, leaders explained the theological rationales for their climate change work in accessible language.

Finally, the study underscores the importance of leadership development. Both future pastors and potential environmental professionals now have opportunities to learn in faith-based settings where creation care is a priority. Anabaptist Mennonite Biblical Seminary (AMBS) expresses its desire to work at climate change through membership in the Seminary Stewardship Alliance, through curricular initiatives and by drawing energy from a large solar installation. Undergraduate opportunities abound, such as the three sustainability majors that Goshen College launched this year: these courses of study have the potential to develop more creation care leaders like the ones represented in this study.

For the Mennonite Creation Care Network, the most noteworthy finding from this congregational study is the conclusion that efforts to mobilize congregations to climate change action should focus more deliberately on pastors and their role as moral leaders and eco-theologians, as well as on environmental professionals within congregations. Secondly, the above research confirms the Network’s big-tent approach that encourages congregations to work at creation care in ways relevant to their own contexts. If people are motivated by threats they take personally, the most effective question for a congregation to ask may not be, “How can we fight climate change?” but rather, “What environmental concerns threaten us?” A zealous attack on air pollution will bring with it climate change benefits even if the motivator was childhood asthma, not a more abstract desire for carbon reduction. Healthy farms can sequester carbon no matter if the farmer fears climate change or soil erosion. By focusing on engaging pastors in creation care and encouraging congregations to find personal motivation for working on environmental issues, Mennonite Creation Care Network and other faith-based organizations can help to develop the characteristics within church congregations that lead to climate change action.

Jennifer Halteman Schrock is leader of Mennonite Creation Care Network and communications manager at Goshen College’s Merry Lea Environmental Learning Center.

Learn more

Mennonite Creation Care Network. Available at http://www.mennocreationcare.org/

Park View Mennonite Church. “Creation Care Council.” Available at http://www.pvmchurch.org/about-the-creation-care-council.html.

Park View Mennonite Church. “Approach to Climate Emissions.” (September 2015). Available at https://docs.google.com/document/d/15rfBnElI3u2WWIavHOo_V-sVN8QBR3adAAnvprnbVxs/edit.

Mennonite Creation Care Network. “Virginia Church Pays Climate Change Reparations” (April 2017). Available at http://www.mennocreationcare.org/virginia-church-pays-climate-change-reparations/.

Mennonite Creation Care Network. “Net Zero Energy Grants” (n.d.) Available at http://www.mennocreationcare.org/green-energy-grants/.

Stella, Rachel. “Virginians Put a Charge into Creation Care.” Mennonite World Review (August 2016). Available at http://mennoworld.org/2016/08/29/news/virginians-put-a-charge-into-creation-care/.

 Anabaptist Mennonite Biblical Seminary. “Creation Care Efforts at AMBS.” Available at http://www.ambs.edu/about/creation-care.

Center for Sustainable Climate Solutions. Available at https://www.sustainableclimatesolutions.org/.

Yale Program on Climate Change Communication. “Global Warming’s Six Americas.” (2008). Available at
http://climatecommunication.yale.edu/about/projects/global-warmings-six-americas/.

El fondo verde para el clima

[Articulos Individuales de la edicion de Intersecciones de Verano de 2017 se publicaran en este blog cada semana. La edicion completa puede ser encontrada en MCC’s website.]

El mayor sufrimiento por los impactos del cambio climático está siendo sentido por aquellas comunidades que ya tienen mayor necesidad—y que son las menos equipadas para responder eficazmente. Estas comunidades vulnerables son también las menos responsables de causar el cambio climático. Las naciones ricas, incluyendo a los Estados Unidos, son las principales responsables del cambio climático y, por lo tanto, tienen la obligación moral de reparar los daños y ayudar a las comunidades a adaptarse a las nuevas realidades. En reconocimiento de esta obligación moral, el CCM y otras organizaciones basadas en la fe han abogado firmemente por el aumento de la financiación del gobierno de los Estados Unidos para programas internacionales para ayudar a las comunidades de bajos ingresos a adaptarse al impacto del cambio climático.

Lamentablemente, la actual administración estadounidense no sólo ha prometido detener la financiación para los esfuerzos internacionales de adaptación, sino que recientemente anunció que retiraría a los Estados Unidos del acuerdo de París, un acuerdo internacional sobre mitigación y adaptación al cambio climático formulado en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y firmado por todos menos dos de los países del mundo.

Trabajando con asociados en la fe en Washington, D.C., el personal del CCM aboga directamente con funcionarios del gobierno de Estados Unidos y también trabaja para educar a los constituyentes sobre la necesidad de apoyo para la adaptación climática, animándolos a abogar a sus miembros del Congreso. En los últimos años, gran parte de esta incidencia se ha centrado en el Fondo Verde para el Clima (FVC). En 2014, Estados Unidos prometió $3 mil millones al FVC, pero, cada año desde entonces, ha sido una difícil lucha conseguir la aprobación por parte del Congreso de estos fondos. Mientras tanto, aunque la comunidad de fe ha continuado apoyando al FVC, una creciente tensión ha surgido dentro de los esfuerzos de incidencia del cambio climático basados en la fe entre abogar por una financiación continua y, al mismo tiempo, criticar las deficiencias del fondo.

El Fondo Verde para el Clima fue creado en 2010 por la CMNUCC [Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático]. En la actualidad, el FVC es uno de los varios mecanismos existentes para la financiación multilateral de proyectos climáticos, pero se espera que el FVC se convierta en el principal mecanismo para dicha financiación en los próximos años. El FVC no es una agencia de las Naciones Unidas, pero es una institución legalmente independiente responsable ante la CMNUCC. El fondo está destinado a ser parte de una respuesta transformadora de cambio de paradigma al cambio climático, implementando un enfoque sensible al género e impulsado por cada país para la mitigación y la adaptación.

La Junta del FVC consta de 24 miembros con igual representación de “países desarrollados y en desarrollo”. Dos representantes de la sociedad civil y dos del sector privado actúan como observadores sin derecho a voto a las reuniones de la Junta. El FVC financia proyectos de mitigación y adaptación, así como de transferencia de tecnología y construcción de capacidades. Los proyectos se financian mediante donaciones y préstamos en condiciones favorables del FVC, a menudo en combinación con fondos públicos locales o privados. El Banco Mundial es el fideicomisario interino del FVC hasta que se elija un administrador fiduciario permanente a través de un proceso abierto y competitivo.

Una campaña inicial de recaudación de fondos obtuvo promesas para el FVC de 37 países por un total de $10.2 mil millones. Los fondos asignados al FVC se destinan a ser una nueva financiación en lugar de ser una reasignación de fondos de los programas de asistencia al desarrollo existentes. Para 2015, el FVC había recibido contribuciones firmadas por más del 50% de las promesas, alcanzando un punto de referencia para permitir que el fondo comenzara a aprobar proyectos.

Los proyectos del FVC se centran en una variedad de esfuerzos de mitigación y adaptación, incluyendo esfuerzos para desarrollar energía renovable, mejorar la eficiencia energética, fortalecer la resiliencia a los impactos del cambio climático y proteger los medios de vida sostenibles. Todos los países en desarrollo miembros de la CMNUCC son elegibles para recibir fondos del FVC. El financiamiento proviene de entidades acreditadas que pueden incluir bancos de desarrollo nacionales o regionales, ministerios gubernamentales, organizaciones no gubernamentales y otras organizaciones nacionales o regionales que cumplen con las normas de acreditación.

A finales de 2015, el FVC aprobó sus primero ocho proyectos por un total de $169 millones, incluyendo un bono ecológico de eficiencia energética en América Latina y un sistema de alerta temprana para los desastres relacionados con el clima en Malawi. En 2016, la Junta aprobó un financiamiento adicional de $1.300 millones, incluyendo un proyecto de seguridad alimentaria y resiliencia de $166 millones en India para micro-irrigación solar en las zonas tribales vulnerables de Odisha y un proyecto hidroeléctrico de $232 millones en las Islas Salomón.

En muchos sentidos, los objetivos declarados del FVC se alinean bien, al menos en teoría, con los objetivos del CCM en áreas tales como participación de las partes interesadas, sensibilidad de género, construcción de capacidad local y llegar a las personas más vulnerables. En realidad, sin embargo, los miembros de la Junta y las personas defensoras del FVC han planteado preocupaciones sobre las garantías, consulta y transparencia.

En 2015, el FVC recibió una intensa presión para comenzar a financiar proyectos, pero al mismo tiempo, la Junta aún estaba en el proceso de desarrollar políticas y procedimientos. Un miembro de la junta comentó: “Estamos construyendo el avión mientras lo volamos”. La constante prisa por mantener los fondos fluyendo significa que incluso los miembros de la Junta se quejan de que no tienen la información adecuada para evaluar proyectos individuales. Los representantes de la sociedad civil han planteado objeciones sobre algunas entidades de financiación acreditadas (la mayoría de las cuales son multilaterales y bilaterales de desarrollo), señalando vínculos con la industria de combustibles fósiles, mala administración financiera y violaciones de los derechos humanos.

El FVC está utilizando las salvaguardias sociales y ambientales de la Corporación Financiera Internacional hasta que desarrolle sus propias. Estas normas incorporan algunos elementos buenos, pero carecen de un criterio sólido para la consulta y consentimiento a nivel local y contienen protecciones insuficientes para los derechos de los pueblos indígenas, así como para los hábitats nacionales y biodiversidad. En 2015, un proyecto de restauración de humedales en Perú fue objeto de críticas debido a la preocupación de si las comunidades indígenas habían sido debidamente consultadas. Persisten las dudas sobre la adecuación de la consulta con las comunidades locales y transparencia del proceso de aprobación del proyecto.

Otras preocupaciones han sido: la necesidad de aumentar la capacidad de las instituciones locales, el proceso de considerar los proyectos de alto riesgo, los beneficios de los proyectos grandes y los de menor escala, el nivel y tipos de cofinanciación con el sector privado, las definiciones de adaptación y mitigación y el uso de subvenciones versus préstamos.

El FVC sigue trabajando para abordar las preocupaciones. Problemas internos de capacidad plagaron el fondo al principio, pero desde entonces ha aumentado significativamente la cantidad de personal. Esta ampliación de personal ha permitido al fondo realizar mejoras iniciales en las comunicaciones y transparencia. El FVC está desarrollando sus propias salvaguardias ambientales y sociales y se ha comprometido a desarrollar una política de los pueblos indígenas.

La junta continúa debatiendo cómo proveer más fondos para desarrollar la capacidad a nivel local. Además, las agencias nacionales de desarrollo, como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID por sus siglas en inglés), han comenzado a reorientar algunos fondos para reforzar los esfuerzos de fortalecimiento de capacidades del FVC.

En el futuro, la participación del gobierno de Estados Unidos en la financiación y configuración del FVC está en duda, especialmente a la luz de la inminente retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París. Las contribuciones totales de Estados Unidos al fondo hasta ahora totalizan $1 billón. La administración actual, sin embargo, ha declarado que no cumplirá con los $2 billones restantes de la promesa de EE.UU. Hasta ahora, las personas que abogan por la financiación estadounidense del FVC han mantenido un buen diálogo con el representante estadounidense en la Junta del FVC, pero no está claro si este acceso continuará. El CCM y sus asociados continuarán impulsando cambios positivos usando cualquier vía disponible, incluyendo el diálogo con los representantes de la sociedad civil sin derecho a voto en la Junta. A pesar de que el FVC sigue siendo un trabajo en progreso, hay espacio para la incidencia en los derechos humanos para llamar al Fondo Verde para el Clima a ser lo que se pensó que fuera, una herramienta muy necesaria para ayudar a las comunidades vulnerables a adaptarse al clima cambiante.

Tammy Alexander es asociada legislativa sénior para asuntos domésticos en la Oficina del CCM EE.UU. en Washington.

Aprende más

Amerasinghe, Niranjali, Joe Thwaites, Gaia Larsen, and Athena Ballesteros. The Future of the Funds: Exploring the Architecture of Multilateral Climate Finance. Washington, D.C.: World Resources Institute, 2017. Available at http://www.wri.org//sites/default/files/The_Future_of_the_Funds_0.pdf.

GCF 101: A Comprehensive Guide on How to Access the Green Climate Fund. Available at greenclimate.fund/gcf101. Green Climate Fund: Projects. Available at http://www.greenclimate.fund/projects/browse-projects.

Green Climate Fund: Projects. Available at http://www.greenclimate.fund/projects/browse-projects.

Schalatek, L., Nakhooda, S. and Watson, C. Overseas Development Institute. The Green Climate Fund. In Climate Finance Fundamentals 11 (December 2015). Available at http://www.climatefundsupdate.org/listing/green-climate-fund.

Additional resources on U.S. environmental policy available at https://washingtonmemo.org/environment./

National Congress of American Indians on the impact of climate change on indigenous communities. Available at http://www.ncai.org/policy-issues/land-natural-resources/climate-change.

The Green Climate Fund

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[Individual articles from the Summer 2017 issue of Intersections will be posted on this blog each week. The full issue can be found on MCC’s website.]

The greatest suffering from climate change impacts is being felt by those who already feel the most need—and who are the least equipped to respond effectively. These vulnerable communities are also the least responsible for causing climate change. Wealthy nations, including the United States, bear the greatest responsibility for climate change and therefore have a moral obligation to repair the damage and help communities adapt to new realities. In recognition of this moral obligation, MCC and other faith-based organizations have advocated strongly for increased U.S. government funding for international programs to help low-income communities adapt to the impact of climate change.

Unfortunately, the current U.S. administration has not only promised to halt funding for international adaptation efforts, but recently announced it would pull the U.S. out of the Paris accord, an international agreement on climate change mitigation and adaptation formulated within the United Nations Framework Convention on Climate Change (UNFCCC) and signed by all but two of the world’s countries.

Working with faith-based partners in Washington, D.C., MCC staff advocate directly to U.S. government officials and also work to educate constituents on the need for adaptation assistance, encouraging them to advocate to their members of Congress. In recent years, much of this advocacy has focused on the Green Climate Fund (GCF). In 2014, the U.S. pledged $3 billion to the GCF, but, in every year since, it has been an uphill struggle to secure congressional approval for these funds. Meanwhile, although the faith community has continued to support the GCF, a growing tension has emerged within faith-based climate change advocacy efforts between advocating for continued funding and at the same time criticizing the fund’s shortcomings.

The Green Climate Fund was created in 2010 by the UNFCCC. Currently one of several existing mechanisms for multilateral financing for climate-related projects, the GCF is expected to become the main mechanism for such financing in future years. The GCF is not an agency of the United Nations, but is a legally independent institution accountable to the UNFCCC. The fund is intended to be part of a paradigm-shifting, transformative response to climate change, implementing a country-driven, gender-sensitive approach to mitigation and adaptation.

The GCF board consists of 24 members with equal representation from “developed and developing countries.” Two civil society and two private sector representatives serve as non-voting observers to board meetings. The GCF funds projects for mitigation and adaptation efforts as well as for technology transfer and capacity building. Projects are funded through grants and concessional loans from the GCF, often in combination with local public or private sector funding. The World Bank is the interim trustee for the GCF until a permanent trustee is selected through an open, competitive process.

An initial fundraising campaign collected pledges for the GCF from 37 countries totaling $10.2 billion. Funds allocated for the GCF are intended to be new financing rather than the repurposing of funds from existing development assistance programs. By 2015, the GCF had received signed contributions for more than 50 percent of pledges, reaching a benchmark to enable the fund to begin approving projects.

GCF projects focus on a variety of mitigation and adaptation efforts, including efforts to develop renewable energy, improve energy efficiency, strengthen resilience to climate change impacts and protect sustainable livelihoods. All developing country members of the UNFCCC are eligible to receive GCF funds. Funding comes through accredited entities which can include national or regional development banks, government ministries, nongovernmental organizations and other national or regional organizations that meet accreditation standards.

At the end of 2015, the GCF approved its first eight projects totaling $169 million, including an energy efficiency green bond in Latin America and an early warning system for climate-linked disasters in Malawi. In 2016, the board approved an additional $1.3 billion worth of funding, including a $166 million food security and resilience project in India for solar micro-irrigation in the vulnerable tribal areas of Odisha and a $232 million hydropower project in the Solomon Islands.

In many ways, the stated goals of the GCF align well, at least in theory, with MCC goals in areas such as stakeholder engagement, gender sensitivity, local capacity building and reaching the most vulnerable. In reality, however, GCF board members and advocates have raised concerns about safeguards, consultation and transparency.

In 2015, the GCF came under intense pressure to start funding projects but, at the same time, the board was still in the process of developing policies and procedures. One board member commented: “We are building the plane as we fly the plane.” The continued rush to keep funds flowing means that even board members complain that they do not have adequate information to assess individual projects. Civil society representatives have raised objections about some accredited funding entities (most of which are multilateral and bilateral development agencies), noting links to the fossil fuel industry, financial mismanagement and human rights abuses.

The GCF is currently using the International Finance Corporation’s social and environmental safeguards until it develops its own. These standards incorporate some good elements, but lack a strong standard for local consultation and consent and contain insufficient protections for the rights of indigenous peoples as well as for national habitats and biodiversity. In 2015, a wetlands restoration project in Peru came under criticism due to concerns over whether indigenous communities had been properly consulted. Doubts persist about the adequacy of consultation with local communities and the transparency of the project approval process.

Other concerns have involved the need for more capacity building for local institutions, the process for considering high-risk projects, the benefits of large versus smaller-scale projects, the level and types of co-funding with the private sector, definitions of adaptation and mitigation and the use of grants versus loans.

The GCF continues to work to address concerns. Internal capacity issues plagued the fund early on, but it has since significantly increased staff capacity. This expanded staffing has allowed the fund to make initial improvements in communications and transparency. The GCF is currently developing its own environmental and social safeguards and has committed to the development of an indigenous peoples policy.

The board continues to discuss how to provide more funding for building capacity at the local level. Additionally, national development agencies, such as the U.S. Agency for International Development (USAID), have begun to reorient some funding to reinforce GCF capacity building efforts.

Going forward, U.S. government participation in funding and shaping the GCF is in doubt, particularly in light of the impending U.S. withdrawal from the Paris Agreement. Total U.S. contributions to the fund thus far total $1 billion. The current administration, however, has stated it will not fulfill the remaining $2 billion of the U.S. pledge. Until now, advocates for U.S. funding of the GCF have maintained good dialogue with the U.S. representative on the GCF board, but it is unclear whether this access will continue. MCC and its partners will continue to push for positive changes using any avenues available, including dialogue with the non-voting civil society representatives to the board.

Though the GCF very much remains a work in progress, there is space for advocacy to call the Green Climate Fund into being what it was envisioned to be—a much-needed tool for helping vulnerable communities adapt to our changing climate.

Tammy Alexander is senior legislative associate for domestic affairs in the MCC U.S. Washington Office.

Learn more

Amerasinghe, Niranjali, Joe Thwaites, Gaia Larsen, and Athena Ballesteros. The Future of the Funds: Exploring the Architecture of Multilateral Climate Finance. Washington, D.C.: World Resources Institute, 2017. Available at http://www.wri.org//sites/default/files/The_Future_of_the_Funds_0.pdf.

GCF 101: A Comprehensive Guide on How to Access the Green Climate Fund. Available at greenclimate.fund/gcf101. Green Climate Fund: Projects. Available at http://www.greenclimate.fund/projects/browse-projects.

Green Climate Fund: Projects. Available at http://www.greenclimate.fund/projects/browse-projects.

Schalatek, L., Nakhooda, S. and Watson, C. Overseas Development Institute. The Green Climate Fund. In Climate Finance Fundamentals 11 (December 2015). Available at http://www.climatefundsupdate.org/listing/green-climate-fund.

Additional resources on U.S. environmental policy available at https://washingtonmemo.org/environment./

National Congress of American Indians on the impact of climate change on indigenous communities. Available at http://www.ncai.org/policy-issues/land-natural-resources/climate-change.

Construyendo la resiliencia en un distrito propenso a la sequía en Etiopía

[Articulos Individuales de la edicion de Intersecciones de Verano de 2017 se publicaran en este blog cada semana. La edicion completa puede ser encontrada en MCC’s website.]

Boricha woreda (distrito) se encuentra en la zona de Sidama de la Región de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos Sureños de Etiopía. Uno de los distritos más propensos a la sequía en Etiopía, Boricha es casi completamente dependiente de la agricultura alimentada por la lluvia. Boricha ha sido fuertemente afectada por el cambio climático, experimentando sequías recurrentes y variabilidad de las precipitaciones. La degradación de la tierra ha causado la formación de zanjas que están invadiendo tierras agrícolas y creando erosión significativa del suelo, lavando semillas, fertilizantes y plántulas de las tierras agrícolas, reduciendo la capacidad de producción, dañando la salud y productividad del suelo y afectando los ingresos de los hogares. Los impactos del cambio climático y la degradación de la tierra, junto con el alto crecimiento demográfico, pequeñas propiedades agrícolas y analfabetismo, son las principales causas de inseguridad alimentaria en la zona y han dado como resultado una baja capacidad de adaptación de la comunidad a los impactos del cambio climático. Este artículo comparte los esfuerzos de la Asociación de Alivio y Desarrollo de la Iglesia Meserete Kristos (MKC-RDA por sus siglas en inglés) para construir resistencia al cambio climático en Boricha y analiza hallazgos claves que indican que los esfuerzos del MKC-RDA en Boricha han contribuido a la conservación de suelos y agua, lo que a su vez reduce la vulnerabilidad a los impactos del cambio climático.

Durante más de una década hasta 2014, la MKC-RDA llevó a cabo un programa de reducción de riesgos de desastre y seguridad alimentaria orientado a la comunidad y medio ambiente en Boricha con el objetivo de abordar las causas a corto y largo plazo de la inseguridad alimentaria y de resiliencia al cambio climático. El programa adoptó la estrategia de “ayuda y desarrollo”, en la que se implementan intervenciones de alivio y desarrollo simultáneamente para proporcionar a las comunidades vulnerables redes de seguridad eficientes durante los períodos de hambre, junto con estrategias de seguridad alimentaria a largo plazo para ayudar a las comunidades a satisfacer sus necesidades alimentarias en el futuro y para que tengan la capacidad de hacerle frente a peligros tales como la sequía. Este enfoque enfatizó la preparación para desastres y construcción de la resiliencia de la comunidad a los desastres futuros al reducir la vulnerabilidad, en lugar de centrarse únicamente en el apoyo inmediato a las víctimas de desastres.

Uno de los componentes del programa Boricha fue la provisión de alimentos y transferencias de efectivo previsibles a través de iniciativas de alimentos por trabajo (APT) y efectivo por trabajo (EPT) diseñadas para contribuir al logro del objetivo general de adaptación y resiliencia al cambio climático. Este programa de la red de seguridad proporcionó pagos en efectivo o maíz y aceite comestibles a los hogares vulnerables, satisfaciendo sus necesidades alimentarias durante meses cuando la mayoría de la población experimentaba la inseguridad alimentaria. Estas estrategias de APT y EPT también aseguraron que los hogares tuvieran los medios para reconstruir y mantener sus medios de subsistencia con éxito después de la sequía crónica. Las personas participantes recibieron alimentos o efectivo por trabajo que ayudó a la rehabilitación de caminos y puentes para permitir a los miembros de la comunidad transportar sus productos al mercado e implementación de estrategias de conservación de suelos y agua, como la construcción de terrazas y estanques de recolección de agua. Otras iniciativas incluyeron la producción de plántulas para la agrosilvicultura en viveros y en tierras comunales y privadas, y construcción de bancos de semillas para asegurar el fácil acceso de las personas agricultoras a las variedades de cultivos adaptados a las condiciones locales.

Otro enfoque del programa Boricha fue la implementación de la agricultura climáticamente inteligente (CSA por sus siglas en inglés para Climate Smart Agriculture), incluyendo tecnologías de agricultura conservacionista. CSA se define como “la agricultura que aumenta de forma sostenible la productividad, resiliencia (adaptación) y reduce/elimina los gases de efecto invernadero (mitigación) donde es posible” (FAO). Las actividades del proyecto en el marco de la CSA incluyeron la optimización del uso de los recursos de la tierra, introducción de medidas anti-erosivas y tecnologías de recolección y ahorro de agua, promoción del forraje y desarrollo agroforestal y capacitación en técnicas de agricultura conservacionista como la cobertura, alteración mínima del suelo, rotación de cultivos y adopción de patrones de cultivo apropiados, como el cultivo intercalado. Además, el proyecto Boricha estableció y fortaleció grupos de personas agricultoras, grupos de ahorro, grupos de autoayuda y otras organizaciones comunitarias para apoyar la promoción de prácticas agrícolas sostenibles, aumentar la capacidad de conservación de suelos y agua, apoyar iniciativas de generación de ingresos e incrementar la alfabetización.

Un equipo independiente evaluó el programa de Boricha dos años después de que finalizó para determinar los impactos del programa. La evaluación encontró que, dada la degradación ambiental en Boricha, el manejo sostenible de los recursos naturales era fundamental para la búsqueda de la seguridad alimentaria y desarrollo económico dentro de la comunidad. Las actividades de conservación del suelo y del agua han permitido la rehabilitación de la tierra y de los recursos naturales: se han protegido más de setecientas hectáreas, lo que contribuye a mejorar la cobertura vegetal. Los beneficios incluyen una mayor disponibilidad de abono orgánico a través de follaje de plantas reforestadas o mantenidas, mejor disponibilidad de leña, minimización de la erosión eólica y disponibilidad de árboles para los medicamentos tradicionales. Las actividades del proyecto también contribuyeron a la restauración de los suelos y prevención de la salinización y pérdida de tierras de cultivo, incluso mediante la reforestación de tierras inutilizables. Las terrazas, montículos de tierra, represas de control de la escorrentía y otras actividades de control de inundaciones, erosión y de aprovechamiento del agua mejoraron la fertilidad del suelo y restauraron las fuentes de agua subterráneas y superficiales. Las técnicas de agricultura conservacionista, incluyendo la cobertura del suelo y adición de compostaje, también contribuyeron a reducir la erosión del suelo, mejorar la capacidad de retención de agua de las tierras de cultivo y aumentar la productividad del suelo. Incluso en años con lluvias tardías, esporádicas o escasas, las personas agricultoras que practicaban la agricultura conservacionista se beneficiaron de mayores niveles de humedad residual, lo que permitió germinar las semillas y mantener la madurez del cultivo. Como resultado de las actividades del proyecto, las comunidades han reducido el riesgo de desastres debido a las inundaciones, aumentaron la productividad agrícola y mejoraron el acceso al agua para el riego y uso doméstico, contribuyendo a la resiliencia a los impactos del cambio climático.

El proyecto Boricha resultó en la reducción de la pobreza y mejora de la seguridad alimentaria para la mayoría de los hogares participantes, aumentando su capacidad para enfrentar y manejar los efectos de los peligros. El setenta y tres por ciento de todos los hogares participantes declararon que lograron salir exitosamente de la pobreza extrema durante el término del programa; sólo el seis por ciento de los hogares que participaron en el proyecto informaron que siguen estando en situación de extrema pobreza. La reforestación de las cuencas hidrográficas y biodiversidad resultante contribuyeron a la expansión de las actividades de engorde, ganadería y apicultura para la generación de ingresos. Las plantaciones de árboles, así como la vegetación que surgió por las actividades de conservación de suelos y agua, crearon empleo y mejoraron los ingresos a través de la recolección forestal y venta de subproductos. Debido a los ingresos suplementarios obtenidos a través de la venta de productos sobrantes de los huertos del proyecto, miel y frutos cosechados de la agrosilvicultura, las mujeres experimentaron mejores medios de vida e ingresos. Estas mujeres reportaron mayor autoestima y mayor independencia financiera. Además, la situación general de seguridad alimentaria de la comunidad beneficiaria mejoró durante el período del programa. Por ejemplo, la frecuencia de la ingesta diaria de alimentos de tres comidas al día aumentó de 12,9 por ciento al inicio del proyecto a 77 por ciento al final, mientras que aquellas personas que consumían dos o menos comidas al día disminuyeron del 87,1 por ciento a 21 por ciento. En general, la evaluación encontró que el proyecto proporcionaba a los hogares oportunidades de medios de vida más exitosos y diversos, contribuyendo al aumento de los ingresos y seguridad alimentaria. Como resultado de diversas fuentes de ingresos, mayor capacidad para ahorrar dinero y mejorar la seguridad alimentaria, los hogares en Boricha son más resilientes, capaces de adaptarse a las condiciones cambiantes y hacerle frente a los efectos de los peligros.

Los resultados del programa MKC-RDA en Boricha demuestran que, la programación de alimentos y transferencia de efectivo para abordar la inseguridad alimentaria estacional, las intervenciones agrícolas climáticamente inteligentes y el manejo sostenible de los recursos naturales, desempeñan un papel importante en la protección de los bienes e ingresos de las familias pobres mitigando el riesgo de desastre y construyendo resiliencia a los impactos del cambio climático en las comunidades afectadas por la sequía.

Frew Beriso es especialista en agricultura conservacionista con el Banco de Granos Canadiense en Etiopía. Anteriormente trabajó para MKC-RDA como Gerente del Programa Boricha.

Aprende más

Pugeni, Vurayayi. “Sub-Dejel Watershed Rehabilitation Project, Ethiopia.” Canadian Coalition on Climate Change and Development. 2013. Available at http://c4d.ca/wp-content/uploads/2013/03/2013-CaseStudy-MCC-Ethiopia.pdf.

Nyasimi, M., Amwata, D., Hove, L., Kinyangi, J., and Wamukoya, G. “Evidence of Impact: Climate-Smart Agriculture in Africa.” 2014. Available at https://ccafs.cgiar.org/publications/evidence-impact-climate-smart-agriculture-africa-0#.WO_oNkdda72.

Building resilience in a drought-prone district of Ethiopia

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[Individual articles from the Summer 2017 issue of Intersections will be posted on this blog each week. The full issue can be found on MCC’s website.]

Boricha woreda (district) is located in the Sidama zone of the Southern Nations, Nationalities and Peoples’ Region of Ethiopia. One of the most drought-prone districts of Ethiopia, Boricha is almost completely dependent on rain-fed agriculture. Boricha has been heavily affected by climate change, experiencing recurrent drought and rainfall variability. Land degradation has caused the formation of gullies that are invading farmlands and creating significant soil erosion, washing away seeds, fertilizer and seedlings from farmlands, reducing production capacity, damaging soil health and productivity and impacting household income. Climate change impacts and land degradation, along with high population growth, small land holdings and illiteracy, are the major causes of food insecurity in the area and have resulted in a low community capacity to adapt to climate change impacts. This article discusses the efforts of Meserete Kristos Church Relief and Development Association (MKC-RDA) to build climate change resilience in Boricha and analyzes key findings that indicate that MKC-RDA’s efforts in Boricha have contributed to soil and water conservation, improved livelihoods and increased food security, in turn reducing vulnerability to climate change impacts.

For over a decade up through 2014, MKC-RDA carried out a community- and environmentally-oriented disaster risk reduction and food security program in Boricha with the aims of addressing short- and long-term causes of food insecurity and of building resilience to climate change. The program adopted the strategy of “developmental relief,” in which relief and development interventions are implemented simultaneously to provide vulnerable communities with efficient safety nets during hunger periods together with strategies for long-term food security to help communities meet their food needs in the future and have the capacity to cope with hazards such as drought. This approach emphasized disaster preparedness and building community resilience to future disasters by reducing vulnerability, rather than focusing only on immediate support to disaster victims.

One component of the Boricha program was the provision of predictable food and cash transfers through food for work (FFW) and cash for work (CFW) initiatives designed to contribute to achieving the overall objective of climate change adaptation and resilience. This safety net programming provided cash payments or edible maize and food oil to vulnerable households, fulfilling their food needs during months when the majority of the population was food insecure. These FFW and CCW schemes also ensured that households possessed the means to successfully rebuild and sustain their livelihoods after chronic drought. Participants received food or cash for work that included the rehabilitation of roads and bridges to allow community members to transport their commodities to market and the implementation of soil and water conservation strategies, such as the construction of terraces and water harvesting ponds. Other initiatives included producing seedlings for agroforestry in nurseries and on communal and private land and constructing seed banks to ensure farmers’ easy access to crop varieties adapted to local conditions.

Another focus of the Boricha program was the implementation of climate-smart agriculture (CSA), including conservation agriculture technologies. CSA is defined as “agriculture that sustainably increases productivity, enhances resilience (adaptation), reduces/removes greenhouse gases (mitigation) where possible” (FAO). Project activities under CSA included optimizing the use of land resources, the introduction of anti-erosion measures and water harvesting and saving technologies, the promotion of forage and agroforestry development and training in conservation agriculture techniques such as mulching, minimum soil disturbance, crop rotation and the adoption of appropriate cropping patterns such as intercropping. In addition, the Boricha project established and strengthened farmer’s groups, savings groups, self-help groups and other community organizations to support promotion of sustainable agricultural practices, increase capacity in soil and water conservation, support income generation initiatives and increase literacy.

An independent team evaluated the Boricha program two years after it ended to determine program impacts. The evaluation found that, given the environmental degradation in Boricha, sustainable management of natural resources was critical to the pursuit of food security and economic development within the community. Soil and water conservation activities resulted in the rehabilitation of land and natural resources: more than seven hundred hectares were protected, contributing to improved vegetative cover. Benefits included a greater availability of organic manure through foliage from reforested or maintained plants, improved availability of firewood, minimization of wind erosion and the availability of trees for traditional medicines. Project activities also assisted in soil restoration and prevention of salinization and the loss of arable land, including through the reforestation of previously unusable lands. Terraces, soil bunds, check dams and other flood and erosion control and water harvesting activities improved soil fertility and restored ground and surface water sources. Conservation agriculture techniques, including soil cover, mulch and the addition of compost, also contributed to reduced soil erosion, improved water holding capacity of farmlands and increased soil productivity. Even in years with delayed, sporadic or poor rainfall, farmers practicing conservation agriculture benefited from higher residual moisture levels, which enabled seeds to germinate and sustained crop maturity. As a result of project activities, communities have reduced risk of disaster from flooding, increased agricultural productivity and improved access to water for irrigation and household use, contributing to resilience to climate change impacts.

The Boricha project resulted in poverty reduction and improved food security for the majority of participating households, increasing their ability to cope with and manage the effects of hazards. Seventy-three percent of all participating households stated that they successfully transitioned out of extreme poverty during the program’s duration; only six percent of households participating in the project reported still being in extreme poverty. Reforestation of watershed land and the resulting bio-diversity contributed to the expansion of animal fattening, cattle rearing and beekeeping activities for income generation. Tree plantations, as well as vegetation which emerged because of soil and water conservation activities, created employment and improved incomes through forest harvesting and sales of by-products. Because of the supplementary income obtained through the sale of surplus produce from the project gardens, honey products and fruit harvested from agroforestry, women experienced improved livelihoods and incomes. These women reported greater self-esteem and increased financial independence. Additionally, the overall food security situation of the target community improved over the program period. For example, the frequency of daily food intake of three meals a day increased from 12.9 percent at the start of the project to 77 percent by the end, while those consuming two or fewer meals a day decreased from 87.1 percent to 21 percent. Overall, the evaluation found that the project provided households with opportunities for more successful and diverse livelihoods, contributing to increased incomes and food security. As a result of diverse income sources, increased ability to save money and improved food security, households in Boricha are more resilient, able to adapt to changing condition and to with cope with the effects of hazards.

Results from the MKC-RDA program in Boricha demonstrate that food and cash transfer programming to address seasonal food insecurity, climate-smart agriculture interventions and sustainable natural resource management all play important roles in protecting the assets and income of poor families, mitigating disaster risk and building resilience to climate change impacts in drought-affected communities.

Frew Beriso is conservation agriculture technical specialist with the Canadian Foodgrains Bank in Ethiopia. He previously worked for MKC-RDA as the Boricha Program Manager.

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Pugeni, Vurayayi. “Sub-Dejel Watershed Rehabilitation Project, Ethiopia.” Canadian Coalition on Climate Change and Development. 2013. Available at http://c4d.ca/wp-content/uploads/2013/03/2013-CaseStudy-MCC-Ethiopia.pdf.

Nyasimi, M., Amwata, D., Hove, L., Kinyangi, J., and Wamukoya, G. “Evidence of Impact: Climate-Smart Agriculture in Africa.” 2014. Available at https://ccafs.cgiar.org/publications/evidence-impact-climate-smart-agriculture-africa-0#.WO_oNkdda72.

Empoderando a las mujeres para la reducción del riesgo de desastres en Myanmar

[Articulos Individuales de la edicion de Intersecciones de Verano de 2017 se publicaran en este blog cada semana. La edicion completa puede ser encontrada en MCC’s website.]

Rakhine, el segundo estado más pobre de Myanmar, está frecuentemente expuesto a peligros naturales, incluyendo ciclones, inundaciones, deslizamientos de tierra, terremotos, sequías, tsunamis e incendios en zonas boscosas y rurales. Los modelos de cambio climático predicen que Myanmar experimentará durante los próximos años y décadas un aumento de las temperaturas, periodos de sequía más frecuentes e intensos, cambios en los patrones de lluvias y un mayor riesgo de inundaciones, así como fenómenos meteorológicos extremos más intensos y frecuentes que generan tormentas e inundaciones y el aumento en el nivel del mar que afectará a casi todas las comunidades del país. Las comunidades en Rakhine ya están enfrentando una variedad de estos impactos. Rakhine también corre el riesgo de sufrir desastres complejos exacerbados por los peligros naturales: una combinación de escasez de alimentos, instituciones económicas, políticas y sociales frágiles o en crisis y conflictos internos que llevan al desplazamiento de personas. Rakhine sufre un conflicto político y militar desde hace muchos años entre el gobierno central, el Ejército de Myanmar y los nacionalistas budistas, por un lado, y el Ejército de Arakan y la comunidad musulmana Rohingya, por otro. Además, el Ejército Rakhine/Arakan tiene conflictos con otros grupos indígenas en Rakhine (el gobierno nacional reconoce 135 grupos étnicos en Myanmar): los combates han desplazado repetidamente a la gente de sus hogares y aldeas, aumentando así su vulnerabilidad. La falta de recursos y educación, junto con estas complejas relaciones sociales en un estado multi-religioso y multi-étnico, añaden a la vulnerabilidad de la gente en Rakhine.

Las mujeres de Rakhine son desproporcionadamente vulnerables a los desastres complejos, peligros naturales y efectos del cambio climático debido a las creencias culturales, prácticas tradicionales y condiciones socioeconómicas. Las mujeres son más propensas que los hombres a experimentar una mayor pérdida de medios de subsistencia y violencia de género. En algunas situaciones, han experimentado una mayor pérdida de vidas durante y después de un desastre. Mujeres para el Mundo (WFW por sus siglas en inglés), una organización no gubernamental de Myanmar con base en Yangon, se asocia con la Coalición de Mujeres Indígenas para la Paz (IWCP por su siglas en inglés) en Rakhine para reducir el riesgo y aumentar la resiliencia. Ellas creen que el género e identidad indígena son elementos críticos para abordar los impactos del cambio climático y riesgo de desastres. La integración de los conocimientos locales de las mujeres indígenas de Rakhine y sus prácticas en la mitigación de los desastres, preparación y esfuerzos de respuesta son esenciales para reducir el riesgo y aumentar la resiliencia.

WFW e IWCP trabajan con diversos grupos de ahorro de mujeres para aumentar la comprensión de los impactos del cambio climático, evaluar sus conocimientos locales y aumentar su capacidad para prepararse y responder a los eventos de desastre. La creencia principal de WFW es que, aunque las mujeres son los miembros más vulnerables de la comunidad, son también las agentes para el cambio. En Rakhine, la falta de oportunidades de empleo ha dado lugar a la migración de hombres y mujeres jóvenes para encontrar trabajo fuera de sus aldeas, dejando a las mujeres, personas ancianas, niñas y niños para lidiar con las secuelas de los peligros naturales. Las mujeres son las cuidadoras de la niñez y de las personas enfermas y ancianas; suelen ser las únicas sostenedoras de la familia, ya que los hombres, niñas y niños mayores salen a buscar oportunidades de trabajo en los centros urbanos o más allá de las fronteras; ellas son responsables de conseguir los alimentos; son proveedoras informales de atención médica; son responsables del cuido del ganado; y son responsables de encontrar y mantener el suministro de agua potable. Las mujeres son más restringidas para realizar viajes y tienen más probabilidades de ser restringidas de poseer tierras, de endeudarse o de invertir dinero, y de diversificar los medios de subsistencia a través del inicio de un nuevo negocio.

Por el contrario, las mujeres son también poseedoras de conocimientos culturales, históricos y económicos esenciales dentro de sus comunidades, lo que las convierte en participantes vitales en los esfuerzos para reducir el riesgo de desastres. Las mujeres administran los recursos ambientales para sostener a sus hogares y actúan como proveedores de salud informales. Tienen habilidades de supervivencia y de responder a desastres, tienen redes comunitarias locales y poseen conocimiento local de la comunidad, incluyendo la ubicación y necesidades de las personas más vulnerables (niñez, ancianas, con discapacidad) durante una crisis, convirtiéndolas en actores críticos en la reducción del riesgo de desastres (RRD).

WFW y IWCP reúnen a mujeres para construir juntas la paz y resiliencia a través de un modelo de grupo de ahorro para mujeres. Además de la capacitación en formación de grupos y gestión de ahorros, los miembros del grupo también reciben capacitación sobre los derechos de las mujeres, transformación de conflictos, violencia doméstica y la RRD. Se les enseña a realizar mapeos para evaluar las vulnerabilidades en sus aldeas, desde el mapeo de la infraestructura hasta la cartografía de la población de las familias y hogares. Representantes de cada grupo, que representan diferentes grupos étnicos, se reúnen para recibir capacitación intensiva sobre transformación de conflictos y manejo de desastres que, luego, reproducen en sus grupos. Los miembros de la IWCP continúan trabajando con los grupos de ahorro, apoyándolos mientras aprenden y planifican.

WFW opera desde el supuesto de que las mujeres no pueden comenzar a adaptarse al cambio climático si no creen que pueden. Para fortalecer la autonomía, WFW emplea un proceso de aprendizaje participativo. Las personas capacitadoras de WFW, primero conciencian a los grupos de mujeres en un ambiente de apertura a las historias y experiencias de las mujeres en desastres como un método de aprender y nombrar lo que las mujeres ya saben. Por ejemplo, las mujeres ya saben que el refugio para mujeres, niñas y niños es vulnerable a los peligros naturales y que el refugio resistente al ciclón más seguro no proporciona privacidad a las mujeres ni a la niñez. Saben que las lluvias están aumentando y las temperaturas también lo están, lo que lleva a una mayor incidencia de la malaria y la necesidad de más mosquiteros. Después de que el personal de WFW ha introducido el proceso de mapeo de aldea, se retiran (a su oficina en Yangon) mientras que los grupos de ahorro siguen creando mapas de aldea que, identifican las fortalezas y debilidades geográficas, los hogares (incluyendo el número de miembros de la familia en cada hogar) y las personas más vulnerables y sus lugares de residencia (ancianas, ancianos, niñas y niños pequeños, personas con discapacidad). Las mujeres también señalan la ubicación de su ganado, escuelas, barcos de pesca y otros activos de la comunidad y del hogar.

En las capacitaciones de WFW, los miembros del grupo aprenden habilidades para evaluar los riesgos y vulnerabilidad y para identificar soluciones de adaptación sostenibles para sus comunidades. Las personas miembros del grupo de ahorros informan que el apoyo que reciben a través del grupo las hace menos vulnerables. A través del grupo de ahorro, las mujeres pueden acceder a préstamos para iniciar pequeños negocios, diversificando sus bases de ingresos. Un grupo formado por WFW está construyendo una letrina segura e higiénica para disminuir el riesgo de enfermedad. Otros grupos están abogando por mejorar los sistemas de alerta temprana en las lenguas indígenas, especialmente en relación con las noticias sobre pronósticos meteorológicos, y para obtener información más detallada sobre la naturaleza de los peligros para que las comunidades estén mejor preparadas para responder. Los grupos capacitados por WFW han identificado públicamente edificios resistentes a los ciclones en todas las aldeas que pueden servir adecuadamente como refugios seguros. En el caso de un peligro natural, las mujeres están preparadas para reunir el ganado en un lugar seguro donde puedan mantenerse hasta que el riesgo haya disminuido, y para almacenar alimentos y agua en un espacio seguro. Después de las inundaciones, las mujeres reconstruyen sus casas para ser más resistentes a las inundaciones, aprovechando los préstamos a través de su grupo de ahorros. Reconociendo la necesidad de mejorar las prácticas de cultivo del arroz para disminuir la vulnerabilidad al cambio climático, los grupos han fortalecido sus relaciones con el departamento agrícola del gobierno para asegurar la asistencia técnica. Un grupo ya ha visto un aumento de los rendimientos después de usar un préstamo del grupo de ahorro para arrendar una parcela de capacitación y acceder al apoyo técnico del departamento agrícola del gobierno. Empoderadas por el apoyo social y organizativo de los grupos de ahorro, las mujeres han formado equipos de RRD en sus aldeas encargados de proporcionar información accesible sobre los riesgos potenciales y desarrollar prácticas de registro para ayudar a evaluar posibles desastres y rastrear los cambios para facilitar la adaptabilidad continuta.

El papel de las personas vulnerables en las medidas de reducción del riesgo no debe subestimarse. Cuando las mujeres se involucran en abordar sus vulnerabilidades, se anima y empoderan para seguir haciendo mejoras en sus comunidades. Si las funciones y conocimiento local de las mujeres no están incluidos en la planificación y respuesta a desastres, las intervenciones de reducción del riesgo de desastres serán ineficaces para reducir el riesgo. Las mujeres son agentes vitales y poderosos del cambio: es imprescindible que participen en la planificación, preparación y respuesta ante desastres. Cuando WFW, IWCP y diversos grupos de ahorro de mujeres en Rakhine se unen para evaluar el conocimiento local e integrar este conocimiento en la planificación y acción de la RRD, reducen los riesgos que plantean los desastres naturales y complejos, y empoderan a las mujeres para crear una sociedad más pacífica, resiliente y adaptable.

Sandra Reisinger es representante del CCM para Myanmar, con sede en Phnom Penh, Camboya. Van Lizar es directora de Women for the World (WFW), un grupo asociado del CCM en Myanmar.

Aprende más

Ministry of Natural Resources and Environmental Conservation. Myanmar Climate Change Strategy and Action Plan (MCCSAP) 2016–2030. (July 2016). Available at http://myanmarccalliance.org/mcca/wp-content/uploads/2016/07/MCCA-Strategy_ActionPlan_11July2016V1.pdf.

Enarson, E. Working with Women at Risk: Practical Guidelines for Assessing Local Disaster Risk. (April 2002). Available at http://reliefweb.int/report/world/working-women-risk-practical-guidelines-assessing-local-disaster-risk.

Mitchel, T., Tanner, T., and Lussier, K. We Know What We Need: South Asian Women Speak Out on Climate Change Adaptation. Action Aid. (November 2007). Available at http://www.actionaid.org/publications/we-know-what-we-need-south-asian-women-speak-out-climate-change-adaptation.

UNISDR. Making Disaster Risk Reduction Gender-Sensitive: Policy and Practical Guidelines. Geneva, Switzerland: United Nations, 2009. Available at http://www.unisdr.org/files/9922_MakingDisasterRiskReductionGenderSe.pdf.

UN World Conference on Disaster Risk Reduction. Mobilizing Women’s Leadership in Disaster Risk Reduction: High Level Multi-Stakeholder Partnership Dialogue. (March 2015). Available at http://www.wcdrr.org/uploads/Mobilizing-Women%E2%80%99s-Leadership-in-Disaster-Risk-Reduction.pdf.